Encuentro con autores: una plática entre las chicas y chicos de bachillerato y dos escritores tapatíos para aprender a narar-nos.

Si algo nos define como humanos es nuestra capacidad para contar historias. Desde el arte rupestre, donde el hombre primitivo parecía estar contando –o imaginando- la historia de una cacería exitosa, tal vez para que sus dioses le fueran propicios. O, quién sabe, para que quedara en la memoria de la tribu cómo se obtuvo el botín que justo en ese momento comían, al calor de una fogata, mientras el narrador contaba la heroicidad de quienes finalmente derribaron la presa.

Y como hace siglos la figura del narrador, del cuentero, del escritor, nos sigue fascinando. Todos contamos de una forma u otra, pero siempre quisiéramos narrar, o escribir versos, como nuestro escritor favorito. Los más ambiciosos quieren tener su propio estilo, hacerse de un nombre en el mundo de las letras. ¿Pero cómo?

Esta y otras interrogantes fueron el centro de la plática que estudiantes de primer y tercer año de bachillerato sostuvieron con Ruth Escamilla Monroy y Rogelio Vega en el espacio “Encuentro con autores”, que organiza el Departamento de Servicios Bibliohemerográficos de conjunto con la Dirección de Educación del Ayuntamiento de Guadalajara. Se trató de un diálogo formativo para quienes deseen participar en el próximo Concurso de Cuento para Bachillerato UTEG.

Los principales temas de la conversación giraron en torno al origen de la motivación para escribir. ¿A qué edad y cómo ambos descubrieron, o decidieron, que querían y podían ser escritores? Para Ruth Escamilla la vida diaria en Guadalajara es fuente de inspiración. La página en blanco es el lugar donde Rogelio Vega canaliza sus sentimientos, ya sean de enojo, tristeza o alegría. Sus libros reflejan un poco cada etapa de su vida. La literatura, afirma Vega, está plagada de deseos insatisfechos.

 

Pero, aunque cada momento vivido marca la obra de un escritor no siempre la escritura es un reflejo fiel de sus vivencias. Muchas veces algo que da vueltas en su cabeza y que no saben cómo expresar es la materia prima. Los personajes, sin embargo, pueden decirlo. En ese sentido la literatura es un espacio de libertad.

El escritor escribe para sí, pero sobre todo porque vive con la pulsión de ser leído. De conectar con los lectores, que se sientan identificados con sus historias. Ahí reside la satisfacción de hacer literatura. La misma que de alguna manera sentimos cuando publicamos en las redes sociales y esperamos con ansiedad las reacciones, sobre todo los comentarios, que nos demuestran que despertamos sentimientos en nuestros lectores o seguidores.

Las historias nos acompañan desde la antigüedad. Hoy nuestras historias son otras. Las de la vida cotidiana, las de las celebridades, las que pululan por las plataformas de streaming, los podcasts, las canciones de moda o las que la gente cuenta en sus redes sociales. Pero también nos quedan las de los libros. Las que la página impresa recogió para que no se perdiera lo contado en piedra o pergamino, que hoy se digitaliza. Y toda la literatura que vino después de la imprenta de Gutenberg. Sea cual sea el soporte tienen siempre algo en común: todo comienza en las páginas de un libro.

Ambos escritores son, por supuesto, promotores de la lectura. Desde el Taller “Una provocación a la escritura” lo hace Ruth Escamilla, desde Fóbica Fest (el Festival de Terror Fóbica) que incluye actividades literarias. Para un aspirante a escritor la leer es imprescindible.

 

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